LA TECNOLOGÍA QUE QUIERE HACERNOS INMORTALES

Por Juan Scaliter

Ya está. Es oficial. He enviado un correo y me ha llegado la respuesta que confirma que formo parte de las 36.141 personas que han aceptados los términos y condiciones de Eternime para probar su versión beta. ¿Qué es Eternime? En 2014, Marius Ursache, un profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), se hizo una pregunta muy sencilla: ¿Qué ocurre con los avatares de los videojuegos cuando mueren los jugadores? Ursache, por aquellos tiempos un fanático de «Second Life», pensó que quizás existe una suerte de purgatorio en el que los personajes viven una existencia de zombies, una vez que sus creadores han dado el paso a la otra vida. Y entonces se le ocurrió la idea: crear una biblioteca que en lugar de libros, tuviera personas, al menos en una versión digital, para la posteridad. Allí se preservarían las memorias, ideas, creaciones e historias de miles de personas (36.141 por ahora, incluyendo a un servidor). Y podríamos consultarlas cuando quisiéramos, para toda la eternidad.

Para ello, Urasche utilizará avatares digitales y «chatbots». Los primeros son, básicamente, simulaciones digitales de un objeto o persona. Por su parte, los «chatbots» son softwares de inteligencia artificial. Son lo que usamos para hacer una reserva en un restaurante y permiten simular una conversación entre humanos y máquinas. En una primera instancia, quienes busquemos trascender a la muerte debemos darle acceso a Eternime a nuestras redes sociales, todas, desde Facebook a Linkedin, de Twitter a Instagram o YouTube. También se bajan los datos de dispositivos inteligentes como Amazon Echo o Fitbit y se pueden subir fotos.

Los algoritmos de Eternime analizan toda la información: nuestra forma de hablar, nuestros contactos, la frecuencia y el modo en el que nos comunicamos con ellos, los viajes que realicemos, las mascotas que tenemos y nuestra familia. En base a ello aprenden a ser nosotros y crean un clon digital.

El segundo paso es que, una vez vestidos de huesos (léase muertos) los familiares y amigos, se descarguen la «app» de Eternime e interactúen con «nosotros».

En una entrevista cedida al «New Yorker», Urasche aseguraba que «para nosotros es realmente importante señalar que no queremos preservar las banalidades de la vida de una persona. En lugar de eso lo que buscamos es crear un legado digital que permita a nuestros bisnietos relacionarse con nosotros». Inicialmente la idea de este médico de origen rumano fue evaluar cuánta gente estaría interesada en una suerte de Siri que reemplace al abuelo o la tía. Los primeros tres días recibió 3.000 solicitudes.

Una vez el usuario se decide a utilizar Eternime, debe entrenar a su avatar (un modelo en 3D de nosotros mismos, con nuestro tono de voz y hasta inflexiones), para responder a los comentarios o estados de la familia. «El bisabuelo me puso un like en Instagram», dirán mis bisnietos, aunque nunca los llegue a conocer.

Tecnológicamente el proyecto es un desafío interesante y en muchos aspectos ya es factible. La inteligencia artificial ha avanzado mucho y es capaz de evolucionar gracias a lo que se conoce como algoritmos genéticos: al enfrentarse a un problema, prueban diferentes estrategias hasta dar con la solución más adecuada y avanzan hasta dar con un nuevo obstáculo. Entonces repiten y evolucionan. Hipotéticamente esto permitiría que nuestro avatar reaccione como nosotros a nuevas situaciones. Pero hay varias dudas.

La primera es que no seríamos nosotros quienes viviríamos eternamente, sino un robot que actúa como nosotros. Es decir, lo que queda es un consuelo binario que calma la ansiedad de la muerte en los demás.

Y luego están los temas más prácticos. Al ser una aplicación gratuita (quien paga es el avatar) puede que en algún momento cambie la política de uso. ¿Y si recibo publicidad de una empresa con la voz de mi abuela?

Otra duda, si bien la configuración de los datos es personal y se pueden establecer los parámetros de privacidad, mucha gente no lo hará. Lo sabemos. Y mucha gente se encontrará con que su bisabuelo llevaba una vida paralela, un chivatazo del Fitbit o del smartwatch que siguió la ruta de determinadas fechas.

¿Qué ocurrirá si la abuela hace una broma de mal gusto en Twitter? ¿Puede ser llevada a juicio? ¿Dónde se guardará toda la información de una vida? Cuando el avatar sea hackeado (porque ocurrirá), ¿quién se hará responsable de los daños que esto provoque? Hay muchas preguntas y, por ahora, una certeza: hay que responderlas porque la tecnología es factible.

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